
La Leona, con sus gringos, sus trabajadores y todo lo demás, no era un mal lugar. Empecé a quererlo despacito, casi sin darme cuenta, como se hace con las cosas que llegan a amarse de verdad.
Yo suponía que todo el mundo amaba mi bello pueblo, por eso no podía creer cuando escuché que nos marchábamos, que se había terminado el trabajo, que destruirían La Leona.
Tampoco puedo creer, lo que en este momento están viendo mis ojos... esas máquinas están demoliendo las casas, no comprendo, solo sé que siento un dolor tan grande como cuando mi madre me abandonó en La Leona.
Caracas, 22 de abril de 1983
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